Moncho Ferrer está visitando estos días varias ciudades españolas y contándonos en distintos encuentros su experiencia como director de Programas de la Fundación Vicente Ferrer en la India. El hijo de Vicente Ferrer se reconoce indio, nació en Anantapur y sabe de primera mano lo que es tener un color de piel distinto, paradójicamente por ser blanco. Viajamos en el tiempo a través de fotos de la infancia de Moncho, “el salvaje de Anantapur”, como lo llamaba su padre cuando era un niño. Moncho recuerda que en aquella época ningún niño de Anantapur estaba escolarizado. Ahora todos tienen acceso a la educación y a la sanidad. Su padre decía que había que construir una red para que nadie escapara, y gracias a la Fundación Vicente Ferrer esa red ya existe. Una red de hospitales, de colegios, una red que une a mujeres y una red a través del deporte, porque en el único sitio donde no hay injusticias, desigualdades o castas es en el campo de juego.

La Fundación va a enseñar a 45 chicas idiomas e informática durante un año. Moncho cuenta: “Cuando les preguntas a las chicas qué harán con lo que ganen cuando trabajen, ellas dicen que quieren construir una casa para sus padres, pero cuando empiezan a trabajar el primer sueldo suelen llevarlo a la fundación y donarlo para que otra persona pueda alcanzar lo que ellas han alcanzado. Nuestro sueño es que esto ocurra en toda la India.“ Costó años convencer de que la educación era fundamental. Hoy un 100% de los niños de las zonas de actuación de la FVF ha estudiado educación primaria, 70% secundaria, miles de jóvenes han cursado estudios superiores, y más de una decena estudian en las mejores escuelas de medicina.

Moncho también habla de los chenchus, aborígenes de la zona rural de Telangana, que viven en los bosques, principalmente de la caza. El mundo moderno está afectando sus vidas, los gobiernos les han dado terreno y algo de dinero para sacarlos de los bosques, pero no son campesinos, y están perdiendo su cultura. La esperanza de vida de los chenchus es de 45 años (frente a los 65 años del resto de la India).  La Fundación trabaja para que se proteja la cultura de estos pueblos y no se les discrimine. Han mejorado muchos las cosas, antiguamente la discriminación era tal que no se podía tocar la sombra de un intocable, pero aún hay mucho que hacer.

Llega el turno de preguntas de los niños: “¿Qué ha sido lo más importante que te ha enseñado tu padre?” Moncho repite lo que le decía Vicente: “La acción buena siempre queda en un lugar del mundo. No te preocupes si solo puedes hacer una cosa. Cuando todo se suma se pueden cambiar las cosas, cada cosa buena es importante.”

Acompañando a Moncho aparece después Ana, una periodista ciega que ha colaborado como voluntaria en India, en las escuelas inclusivas (donde estudian juntos niños con discapacidades junto con niños sin discapacidad), enseñando habilidades de la vida diaria: cómo usar un bastón, lavar la ropa a mano, cocinar… y ayudando a los niños a dibujar y a hacer manualidades con materiales adaptados. Ana es un ejemplo para todos los que hemos sido voluntarios alguna vez porque ella nos demuestra que no hay barreras cuando se trata de cambiar la sociedad, ni siquiera físicas.

María del Mar y Juan Manuel nos cuentan que viajaron a India en familia para conocer la Fundación y “romper los esquemas a sus hijas”, una de ella con una discapacidad mental. Pudieron visitar a la niña que tienen apadrinada: “El dinero no solo llega a la niña sino a toda la comunidad donde ella vive.”

Los objetivos de la comunidad internacional de sostenibilidad y desarrollo los lleva acometiendo la fundación desde hace casi 50 años. La FVF ha demostrado que erradicar la pobreza es posible, pero hay que llegar a más sitios. Moncho nos dice que en el mismo punto donde tomaron una foto a su padre con una pintada en una pared que decía “Ferrer, go back” (Ferrer, márchate), hoy hay una estatua que lo rememora. Al final Anantapur ha entendido.